Sí. El tiempo que llevo aquí casi excede ya el propio de unas buenas vacaciones. Ya estoy bastante acostumbrando a la rutina: madrugo, doy clase a las 10 de lunes a viernes; de lunes a miércoles recibo clase, etc. Empiezo a tener un grupillo de gente muy maja, casi todos mexicanos.
El ritmo es en extremo exigente. No hay demasiado tiempo para el recogimiento (los mexicanos reirían con esta palabreja), por eso me he creado un pequeño espacio.
Me tomo mi tiempo para observar de madrugada cómo despierta esta ciudad-no ciudad, este pueblo-no pueblo, cómo despierto yo mismo, apreciando un horizonte tranquilo que invita a tomar las grandes cuestiones una por una para ir examinándolas como merecen, como siempre merecieron; para ir observando los pequeños detalles hasta engrandecerlos y hallar así -con gratitud- en lo mudable, lo estático; para hallar que uno siempre es el mismo, que su gente siempre será su gente, que una vez uno ha querido ya no deja nunca de querer, y cómo todo esto ocurre dentro de un marco constante de cambio, de un marco identitario que, como la aurora, nunca es igual y siempre se debe a lo mismo.
Escribo todo esto ahora que hace poco que pude descargar las fotos de la cámara una vez llegó el cable por correo, el cable que dejé olvidado en ese maremagnum de casa desastrosa en que viví lo mejor y lo peor de los últimos años. Curiosamente, dejé Madrid durante el ocaso y, después de un Dublín-Purgatorio fugaz, todo el viaje hasta San Francisco -sobrevolando los hielos árticos- se desarrolló en una especie de amanecer constante. Llegué a mi destino a medio día, con el Sol en su punto más alto. La Luna estuvo llena diez días: justo lo que tardé en dejar de mirarla. Vivo junto a las vías del tren a modo de materialización de una metáfora que siempre estuvo presente. Verano de 1996 fue el despegue de un alma en expansión.
PS: DANI DIVAGA
Tengo treinta y un años. Estoy tranquilo. Me irrita que la gente mezcle español con inglés en la misma frase, you know? La comida es cara. Mis alumnos, encantadores. No hay hierba en la calle F entre la quinta y la cuarta. Me siento muy europeo, y eso aquí gusta. Hoy hablé del Quijote a mis alumnos. Una chica dijo que era tonto (el Quijote), y estuve a punto de decir que la tonta era ella. Mostré para que le describieran, una foto de Paul Newman, y ninguno de esos adolescentes alienados le conocía. Pero son encantadores. Ese es el drama de este país de una belleza -geográfica y humana- y una estupidez de grandes dimensiones. Ayer leí en El País un artículo que versaba sobre el final del capitalismo. Puede que por aquí nos estén necesitando. No sé. Siempre me dio náuseas creerse el ombligo del Universo y de la Historia. Esta es la que nos ha tocado vivir.